Una vez conocí un lugar al que llamé el paraíso de los desencantos. Durante un tiempo visité muy frecuentemente ese lugar, pasé tanto tiempo que incluso pude construir un castillo, yo quería una gran fortaleza dónde si algún día volvía de nuevo pudiera refugiarme de mis desilusiones, pero como estaba yo sola sólo pude levantar un pequeño castillo y una sola torre, no era muy grande, pero era muy fuerte.
Hoy, alguien me compró un billete de vuelta. Fue una sorpresa. Todo pasó tan de repente… volé toda una noche.
Allí todo estaba tal y como lo recordaba, sólo que algo más viejo, quizá un poco más derruido. Encontré a una niña hecha un ovillo en la torre del castillo, era morena y lloraba. Sus expresivos ojos verdes sólo me dejaron ver su tristeza.
Entre sollozos me contó que era una princesa perdida. Que desconocía el motivo por el que había llegado a aquel lugar, ella no había hecho nada, no se había portado mal, pero la habían castigado. ¿Quién?, quise saber. Y su verdad que también era la mía cayó como una losa delante de nosotras.
“Los que no saben de amor”
Entonces supe que había ido hasta allí para ayudarla, para sacarla de un castillo vacío en un paraíso con un nombre muy feo. Pero para eso tenía que ayudarme ella a mí. Las princesas perdonan, las niñas olvidan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario